las encinas
Una encina me miraba en la calida tarde de junio,
cuando el sol es la espada que templa los cuerpos,
deteniendo la llegada de la noche,
y dar más sueños a mi pensar.
Cerca de la fuente,
que llena los cántaros eternamente,
refresqué mis manos y mi cara,
en el agua aparecía tu efigie,
llena de vida gozando mi olvido,
y te seguía amando más y más.
La noche arrollaba sin parar,
el calor caía y la sinrazón volvía,
para que te continuara implorando,
esperando vanamente
tu milagrosa llegada,
como antes,
como siempre a mis brazos.
Ya de madrugada, solo,
Tropezando los troncos de las encinas,
recordé las noches que eran nuestras
y juntos soñábamos la eternidad,
continué caminando por aquellos lugares,
que prometimos nuestros eternamente…
Y acepté que se habían acabado,
que nunca ya serían verdad…
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