La Fiesta de San Antonio
Todos que nacimos y vivimos en la ciudad de Ávila, hemos pateado una multitud de veces el paseo de San Antonio, el jardín más emblemático de la ciudad, aunque hoy sea un estercolero por causa de las palomas. Ellas, hace más de cuarenta años no ensuciaban sus paseos, preferían estar en sus palomares o en el campo fuera de la ciudad. La fuente del paseo central manaba agua sobre los dos niños que siempre estaban sonrientes y muy mojados; nuestros padres nos enseñaban los peces, algunos de colores que nadaban con altanería sobre el gran fondo circular. Siempre que nos acercábamos al estanque en verano, mojábamos nuestras manos ofreciéndoselas a los pececillos en son de amistad, no eran pirañas y nunca nos lastimarían. Ahora en muchos de mis cotidianos paseos por mi ciudad pasó por ella y siento algo diferente, siento una pasión que solo da la ciudad y esta fuente.
Donde ahora están unas figuras geométricas en el espacio para que los más jóvenes disfruten y los menos jóvenes atrevidos se mantengan en forma, no había nada, era pleno campo con sus piedras y sus musgos, para ser escaldas por los muchachos intrépidos. En los calurosos domingos de verano nos llevaban de “ merienda “ a este lugar. La ensaladilla rusa los filetes empanados y una buena tortilla de patatas eran los deliciosos manjares que devorábamos entre los juegos y las carreras, nos juntábamos varias familias del barrio, vecinas, con sus proles que éramos todos conocidos y más o menos amigos, disfrutábamos mucho mientras intercambiábamos las meriendas y nos gustaban más las de los otros amigos.
Recuerdo la fiesta de San Antonio del año cincuenta y dos, vestido de “ comunión “ llegué a la iglesia del santo para acompañarle. La procesión en aquellos días, después de un buen camino entraba en la estación del ” tren “; y entonces el gran momento, me temblaba la mano que sostenía la cinta del estandarte cuando todas las locomotoras empezaron a “ pitar “durante unos minutos para homenajear a San Antonio que era, entonces, su patrón; tanto las maquinas de “ carbón “, las que iban por la vía de Salamanca, como las “ eléctricas “ para ir a Valladolid y Madrid sonaban a tope en la alegre y calurosa tarde, tenía un gran deseo, soltarme del estandarte, correr y subir a la máquina para ayudar al maquinista en la misión de hacer sonar más y más fuerte. Después de la esperada parada volvíamos a la iglesia, despacio y contentos por que San Antonio había bendecido a todos los trenes y ninguno de los que allí se encontraban descarrilaría.
Cansados de la procesión y ya casi anocheciendo, llegó la esperada “ merienda “. Ensaladilla y un buen trozo de tortilla de patatas con pan en abundancia y sandia de postre. Fuimos los amigos a la fuente y nos empapamos de agua... El traje blanco de la comunión quedó irreconocible y la bronca que me echaron fue de órdago, pero no importó, había pasado una tarde genial y que nunca olvidaría. También mis amigos se mojaron sus trajes blancos y algunas de las amigas más atrevidas. Una foto muy arrugada es testigo de las citadas hazañas, da fe de la gran mojada.
La fuente ahora seca fue, según mi madre la causa de que tuviera el Sarampión, la fuente no, el agua pudo ser algo culpable... Me broto aquella noche y en los días que pase en la cama escuche en la radio una canción “ El cha... cha... cha... del tren “ no recuerdo a sus interpretes de entonces. En nuestros días “ Consocio “ lo canta y siempre que llegan sus notas a mis oídos renacen las ilusiones vividas en la fuente y en el precioso jardín de San Antonio.
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