el mercado chico
Paso a paso,
rompiendo el suelo de la plaza gris,
la pequeña plaza,
valiosa en historia,
pobre en la majestuosidad
de sus piedras y ladrillos.
Las verjas seguidas en sus balcones,
rancias y amparadas en su igualdad
por los años pasados,
por las grandezas,
de la primera plaza en la ciudad amurallada.
Sentado en un banco,
desde la apacible tarde del otoño nuevo,
oteando aun las terrazas
con bastantes almas en el descanso,
mientras beben o gozan
algún manjar diferente.
Percibo la casa grande…
La casa de todos,
con sus ventanas amplias,
sus balcones espaciosos
y generosos en la piedra gris,
la piedra de la ciudad de las murallas.
Y entonces apareciste tú,
como un resplandor,
en el arco central de la gran casa.
Con tus zapatos viajeros,
avanzaste sin prisa
y sin pausa hacia mi banco…
Te acercaste, me miraste,
con un perdón por abrumarme.
Deseaste que te indicara,
algo que yo sabia…
Tus ojos azules me cautivaron,
ya en pie te ofrecí mi compañía,
para llegar a tu destino…
Y en aquel instante,
ya enamorado de ti….
Te ame.
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