Aquellas Semanas Santas
Que maravillosos recuerdos llegan a mi cada año con la llegada de la Semana Santa, en aquellos días empezábamos a vivir nuestra juventud, con trece y catorce años la “ semana santa “ eran unos días diferentes para todos los amigos de la “ pandilla “. Además de presenciar las procesiones que salían en Ávila, corriendo de unas calles a otras para verlas más de una vez y comentar cual era la más larga, la más bonita, la de más silencio y recogimiento, la que tenia mayor número de capuchones y más... El año que vimos por primera vez procesionar al “ Cristo de las Batallas “ metido en su pequeña urna la imagen nos defraudo, era aun un niño, sin embargo la cara me impresionó y aún me conmueve cuando sale a las dos de la madrugada de Monsen Rubi. Sus capuchones negros causaron en nosotros ansias de penitencia y perdón.
También por aquellas fechas en nuestras casas preparaban manjares diferentes, con la sabia mano de las madres y las recetas de nuestras abuelas, comíamos las riquísimas “ torrijas “ que sabían a cielo, mejor que las de ahora y bebíamos limonada también de preparación casera, no muy fuerte, pues como decía mi madre... que así no se nos subía a la cabeza. Desde el domingo de “ Ramos “ con la procesión de las palmas, el miércoles la del silencio, el jueves la de los pasos, el viernes la del Santo entierro con el “ Ángel Custodio “, personaje que todas las madres deseaban para sus hijos y hasta el domingo del “ Resucitado “ comiendo el hornazo al lado de la ermita, no parábamos de disfrutar de los agradables manjares que en nuestras casas se esmeraban en darnos.
Otro acontecimiento importante en los días grandes de la semana, el jueves, viernes y sábado por la noche, eran los “ oficios “... Las nuevas celebraciones litúrgicas de la pasión, muerte y resurrección de Jesús. A nuestros años era normal y agradable asistir a ellos en nuestras respectivas parroquias. Cerrado el colegio por las vacaciones íbamos a la parroquia a participar, de buena gana, en estas celebraciones. De la” pandilla “, los que éramos vecinos del mismo barrio y pertenecíamos a la parroquia de San Juan nos embarcamos en una aventura que nos propuso nuestro buen párroco don Antonio Curiel, teníamos que ayudarle a los” oficios “.
Antonio, Marcial y yo aceptamos, durante tres años estuvimos prestos a servir las exigencias de don Antonio; leer las largas lecturas y acompañarle en sus menesteres. Nos propuso que por causa de ser “ grandones “ tendríamos que lograr sotanas de algunos seminaristas. Esta propuesta nos hizo mucha ilusión y comenzó la búsqueda. Antonio tenia uno primo lejano en el seminario, las familias se llevaban muy bien y con su primo de mediador las conseguimos, en los años siguientes seguimos contando con ellas. En la semana anterior y el lunes, martes y miércoles nos citaba don Antonio para ensayar las lecturas y los cánticos... A mi se me daban mejor las lecturas que cantar, pues tengo un oído duro y aunque me ” chifla “ la música siempre que lo he intentado no logré obtener buenos resultados y opte por no cantar. El jueves por la mañana preparábamos mejor dicho ayudábamos a realizar el “ monumento “ siempre quedaba genial, siempre era, el nuestro el mejor de la ciudad, al menos para nosotros. Al llegar las seis de la tarde del jueves alcanzábamos nuestro gran momento, estábamos nerviosos, revestidos con la sotana y el roquete, pero después siempre nos salía todo muy bien supongo que alguien... Nos guiaba. Ya el viernes y el sábado al acercarse la hora estábamos más tranquilos y preparados para encender, en la calle la lumbre, que aquellos primeros años de esta liturgia era la gran novedad.
En aquellos días, en la iglesia que por lo indicado frecuenté mucho ponían música “ Gregoriana “. Y desde entonces esta música al escucharla me siento en el paraíso y es el reclamo de mis recuerdos a estas obras de las “ Semanas Santas” que nunca olvidaré y quisiera que otros muchachos sigan haciendo lo mismo. Volví a vivir, soñar y sentir estos recuerdos cuando uno de mis hijos también ayudó varias veces a los “ oficios “, sin la sotana negra pero con el alba blanco... Treinta y cinco años después...
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