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eljuglardetelares

Recuerdos de mi estación

 

Pasaban ya las doce  en una mañana de verano, allá por los últimos años sesenta; paraba en la estación mi seiscientos y bajado del coche mientras apagaba la radio, esperé algunos segundos en cerrar la puerta escuchando la canción que sonaba...

 La gran sala de la estación estaba recién pintada, con un mural enorme de los cuatro postes adornaba el techo, su estilo un poco cubista pero aceptable. Salí al andén comenzando un paseo nervioso, deseando que la unidad llegase ya, en la vía muerta estaba otra de las unidades de color amarillo y marrón, parecidas a los tranvías, con los asientos de listones gruesos de madera, muy incómodos pero siempre en el recuerdo. Cuantas veces he viajado sentado en las tablas, de Ávila a Madrid y al contrario, por  la época de los sesenta. Cuantos  sueños trazados y cuantos amigos de tren que me contaban sus vidas... Y cuantas paradas, viendo subir y bajar a hombres y mujeres; adivinando quien eran y lo que iban a hacer después del viaje... La unidad de Madrid estaba a punto de entrar lo había anunciado la megafonía.

 Llegaba mi amigo del alma, era la primera vez que pisaba mi tierra, nuestra amistad ya duraba tres años, nos conocimos en la facultad, conectamos y acabamos viviendo en la misma pensión; entre nosotros no había secretos, nos contábamos todo fuese lo que fuese. Estaba ese verano estudiando en la pensión para los exámenes de septiembre, pasando todo el calor del mundo. Le obligué a venir a la ciudad amurallada en el puente de la Virgen de Agosto, pasaría menos calor y nos divertiríamos todo lo que en aquellos años, dos amigos con veintidós años podían hacerlo. Después pasados esos días volveríamos los dos al calor del foro, a intentar estudiar para septiembre; a mi tampoco me fue bien en junio. La culpa de... lo de siempre, las nenas, los amores y los cachondeos...

 Siempre le puse por las nubes mi ciudad, era la mejor del mundo, y acabó deseando conocer las piedras grises de Ávila. Y mientras llegaba la unidad, tenía miedo... ¿Le gustaría el ambiente y las gentes de acá...? ¿Dónde iríamos a ligar?.... ¿Estaríamos con la pandilla?. Cada vez tenía más dudas. El pitido del tren entrando en la estación rompió mi pesadilla... Se paró y empecé a otear las puertas de la unidad y por la última divisé la silueta de mi amigo bajando al andén... Corriendo, me acerqué a él, nos abrazamos, y unidos por los hombros, con la maleta llegamos al seiscientos. Después de tirar la maleta en el asiento posterior, sentados los dos juntos; empezamos la aventura del puente en aquel verano.

 Todo fue bien, los miedos se disiparon a las primeras de cambio, estuvimos con la pandilla, ligamos con unas niñas castellanas eran Cary y Concha, bebimos más de la cuenta alguna noche... Y todos los días terminábamos en el dormitorio,  con confesión general... Fueron unos días inolvidables, yo descubrí lo importante que era para mi la amistad... Siempre sería mi mejor amigo y así fue... Pasados los días de fiesta volvimos juntos en la unidad amarilla y marrón de Madrid, a pasar calor y preparar los próximos exámenes.

 Quiero recordar... Y siempre que escucho la canción surge mi amigo y aquellos días que vivimos juntos... La canción que sonaba en el seiscientos era  “ Mis manos en tu cintura “ de Salvatore Adamo... El éxito de aquel verano... De mí evocado verano

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