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eljuglardetelares

Sentado

 

Sentado…

Donde tú te sentabas…

 

Recordando…

Tu cuerpo…

Tu boca…

Tus ojos…

Tus besos…

Tus caricias…

Nuestras noches de pasión…

Te amo más…

Te amo sin limites…

Te amaré siempre…

Juntos o en la distancia….

 

Tu cuerpo…

La exaltación de una perfección

para que yo le mirase…

Le sintiese…

Le admirase…

Le tuviese

junto a mi cada noche…

 

Tu boca…

Lo mejor

de tu galana cara…

Tus labios…

Gruesos y sensuales…

Decían que solo yo…

Podría disfrutarlo…

Tus dientes…

Blancos y perfectos los miraba

y solo pensaba en sentirlos en mi…

Tu boca…

Me daba tu mejor sonrisa….

Tus ojos….

Alegres…

Picarones…

Sinceros en tu mirada…

Cada noche llegaban a mi alma…

Y me ayudaban

a dormir más feliz…

Más saciado de ti…

 

Tus besos…

Fuertes…

Duros…

Dolorosos…

Y a la vez deseados…

En cada momento…

En cada noche….

 

Tus caricias…

Tiernas
Sentidas…

Esperadas…

Deseadas…

Y nunca olvidadas.

 

Nuestras noches de pasión…

De gozo…

De sana tensión…

Dándonos todo…

Mientras gozábamos…

Noches eternas…

Y deseadas en cada instante…

Noches nuevas…

Prometiéndonos siempre amor…

 

Sentado…

Donde tú te sentabas…

 

Recordando…

Tu cuerpo…

Tu boca…

Tus ojos…

Tus besos…

Tus caricias…

Nuestras noches de pasión…

Te amo más…

Te amo sin limites…

Te amaré siempre…

Juntos o en la distancia….

Te seguiré amando en la eternidad…

 

La subasta de la Virgen

 
La Virgen de mi barrio, el barrio decano de la señorial Ávila es la del “ Consuelo “, la que se conoce popularmente por la Virgen de San Esteban; la pequeña ermita preside con donaire los dominios del barrio, muchos de los actuales abulenses que hoy viven en otros barrios de la ciudad, nacieron aquí, en el barrio, a la vera de nuestra madre del Consuelo, y cada quince de agosto vuelven a su ermita para pasar un rato con su madre guapa. Ya os conté en otras ocasiones que mis padres eran del barrio y muy devotos de la Virgen por lo cual desde muy pequeño tengo recuerdos de la fiesta de cada verano. Debería tener poco más de cinco o seis años y ya me llevo mi padre a la procesión, el iría al principio con una vara y otro muchacho mayor que yo, con una bandeja, pidiendo a las personas que presenciaban la procesión; yo iba con un cesto de rosquillas, adornado con un paño de ganchillo, era el regalo de alguna mujer de cualquier cofrade que con gusto las ofrecía para la subasta, llegamos con la Virgen a la iglesia de Santa Ana, actualmente la sede de la Junta de Castilla y León, allí se dejaba la Virgen y los regalos para la subasta que los niños y zagales llevábamos con cariño e ilusión durante toda la mañana y por la tarde los volveríamos a portar hasta la casa de nuestra madre, hasta la ermita.
 
Más o menos media hora tardaba la imagen en quedar ubicada en su trono, con las flores y los ofrecimientos de sus hijos. Una jota que tocaba la gaitilla y el tamboril nos avisaba que la “ subasta “ iba a comenzar; a la izquierda de la puerta, a la salida de la ermita se ponía un a gran mesa, a su lado una silla que hacía de paso para acceder a la mesa y estar más altos que los demás para mejor poder vocear los regalos y los dineros que se ofrecían por ellos. El señor Urbano, mi tío Juan y mi padre se turnaban subiendo a ofrecer los regalos de nuestra Virgen, mi primo, mis amigos y yo nos pasábamos el largo tiempo que duraba el evento gateando  hacia la cima del podio sin lograr llegar, pues si alguno estaba punto de llegar los mayores nos impedían lograr el premio. En aquellos años no se marchaba la mayoría de los abulenses de vacaciones, el quince de agosto era una fiesta importante y todos bajaban con sus hijos a rezar y bastantes participaban en la subasta y se llevaban la cuesta arriba los regalos que obtuvieron por la puja de muchos para cada regalo. Ya de noche y acabada la subasta, mientras que los contadores hacían las cuentas sonaba la gaitilla  y se bailaba a su son con buena alegría; el baile empezaba y terminaba con un pasodoble que siempre al escucharlo recuerdo mi fiesta, era “ España Caní “.
 
Pasados los años y ya era un zagal que ahora llevaba en la procesión regalos con más peso como podían ser sandias o melones, asistíamos a la subasta más alejados de la mesa y si los mozos mayores se quedaban con alguna sandia o algún melón nos invitaban a degustarlos sentados en el pollo de piedra de la entrada de la iglesia; a la hora del baile nos fijábamos en las muchachas de nuestra edad y los más atrevidos hasta echaban una vuelta con ellas.
 
Ya en estos últimos años  ha vuelto nuestra fiesta del barrio con mucho ímpetu y ganas de superarnos cada año. Del triduo se pasa al quinario para estar mas días con la Virgen, la procesión acaba en san Juan, después del recorrido habitual con paradas en la Academia, el Ayuntamiento, las adoratrices y San José don las carmelitas desde su clausura le cantan con fervor. Por la tarde desde San Juan baja a su casa con una parada en Monsen Rubí, allí le saludan las  monjas dominicas, y al entrar a su casa se subastan los banzos y la entran aquellos devotos que lograron quedarse con ellos. También hay subasta, a la vera de la casa de Pilar con sillas y a la sombra para que n se canse la gente; Beatriz desde su balcón adornado con la bandera de España sigue la subasta con atención. En los últimos años se ha pasado la subasta a la parte este de la ermita y con la megáfono, para no gritar tanto se subastan los regalos, que no van en la procesión, se quedan en la sacristía y se sacan en el momento oportuno. La subasta es larga casi hasta las diez de la noche. Desde esta tarima habrá atracciones para el fin de fiesta. Han cambiado los tiempos y muchas cosas en nuestra fiesta, pero sigue y siempre seguirá la subasta de la Virgen

 

 

el mercado chico

Paso a paso,

rompiendo el suelo de la plaza gris,

la pequeña plaza,

valiosa en historia,

pobre en la majestuosidad

de sus piedras y ladrillos.

 

Las verjas seguidas en sus balcones,

rancias y amparadas en su igualdad

por los años pasados,

por las grandezas,

de la primera plaza en la ciudad amurallada.

 

Sentado en un banco,

desde la apacible tarde del otoño nuevo,

oteando aun las terrazas

con bastantes almas en el descanso,

mientras beben o gozan

algún manjar diferente.

 

Percibo la casa grande…

La casa de todos,

con sus ventanas amplias,

sus balcones espaciosos

y generosos en la piedra gris,

la piedra de la ciudad de las murallas.

 

Y entonces apareciste tú,

como un resplandor,

en el arco central de la gran casa.

Con tus zapatos viajeros,

avanzaste sin prisa

y sin pausa hacia mi banco…

 

Te acercaste, me miraste,

con un perdón por abrumarme.

Deseaste que te indicara,

algo que yo sabia…

 

Tus ojos azules me cautivaron,

ya en pie te ofrecí mi compañía,

para llegar a tu destino…

 

Y en aquel instante,

ya enamorado de ti….

Te ame.

 

Las Amapolas

La tarde se acaba…

Sin pensar en caer…

El verano…

Siempre distinto…

Calor fuerte en el

día de san Pedro…

 

La inmensa luz…

En las tardes grandes…

Llenas de la claridad

de un junio que acaba…

 

Sobre el gran campo rojo…

Apareciste tú…

Después de largo tiempo sin tenerte…

Sin saber de tus últimas aventuras…

Volviste…

 

No te había olvidado…

En este  día…

En nuestro Día…

Como en otros tiempos,

te esperaba…

 

Esperaba tu sincera sonrisa…

Una verdadera ansia de tener de nuevo

esos días que pasamos queriéndonos…

Soñando con todas la ilusiones

que después perdimos…

 

Era sueño o realidad…

Tú salir del paraíso rojo…

Dónde las amapolas habían nacido

para tu llegada…

La mejor de todas.

 

Me acerque con miedo hacía ti,

pensaba que solo era un quimera,

pensar en volver a estar juntos…

 

Nos acercamos…

Nos miramos…

 

 

Saltamos los dos

en un eterno abrazo…

Borrando los años de olvido…

Los años de anhelos rojos…

De ilusiones perdidas…

 

Las amapolas habían tejido

una inmensa alfombra,

para nuestra unión…

 

Las amapolas rojas…

Las ultimas de junio

en nuestro campo del verano…

Serán siempre el testigo

de nuestra definitiva pasión.

 

Retorno a nuestra ciudad

He vuelto  a mi ciudad…

He vuelto contigo…

Y soy feliz…

 

Mi alma se rompe de alegría,

por que estás tú…

 

De tu mano…

Pasearemos por sus calles,

sentiremos aquella farola

donde te conocí,

donde tus ojos me envolvieron…

Sintiéndote…

Deseándote…

Amándote…

 

Volveremos a las calles recordando…

El caminar…

Cuantas veces unidos por la mano,

 hombro con hombro pateamos,

solos en busca de los ideales buenos,

que pocas veces logramos…

 

Aquellos restaurantes…

De comida basura que vivía cada día,

para que tú me dieses la comida,

que en tus manos era el mejor manjar,

cuando me rozaban,

al servirme sentía estar en el mejor lugar,

repartiendo contigo mi soñar…

 

Las noches llenas de música,

de bailes, de abrazos y besos…

 

Mi despacho era la guarida,

para que solos,

estuviésemos siempre deseando amar…

 

 

Y mi casa….

Nuestra casa…

 

El primer día,

después del encuentro bajo la farola,

entraste y me diste el mejor sustento …

Tus caricias, tus besos, tu pasión…

Me pediste que te enseñase a amar…

 

Aquí nos sentimos felices…

fuimos los mejores amantes…

Y aquí lloré tus marchas

y deseé tus vueltas,

siempre tenía un lugar para ti…

 

Aquel día de tú última partida,

me quede solo…

Rompí el tiempo y desee morir…

Llore cual magdalena sin miedo,

sin vergüenza,

solo con mucha pasión por ti,

con mi eterno amor.

 

He vuelto  a mi ciudad…

He vuelto contigo…

Y soy feliz…

La Fiesta de San Antonio

Todos que nacimos y vivimos en la ciudad de Ávila, hemos pateado una multitud de veces el paseo de San Antonio, el jardín más emblemático de la ciudad, aunque hoy sea un estercolero por causa de las palomas. Ellas, hace más de cuarenta años no ensuciaban sus paseos, preferían estar en sus palomares o en el campo fuera de la ciudad. La fuente del paseo central manaba agua sobre los dos niños que siempre estaban sonrientes y muy mojados; nuestros padres nos enseñaban los peces, algunos de colores que nadaban con altanería sobre el gran fondo circular. Siempre que nos acercábamos al estanque en verano, mojábamos nuestras manos ofreciéndoselas a los pececillos en son de amistad, no eran pirañas y nunca nos lastimarían. Ahora en muchos de mis cotidianos paseos por mi ciudad pasó por ella y siento algo diferente, siento una pasión que solo da la ciudad y esta fuente.

 

Donde ahora están unas figuras geométricas en el espacio para que los más jóvenes disfruten y los menos jóvenes atrevidos se mantengan en forma, no había nada, era pleno campo  con sus piedras y sus musgos, para ser escaldas por los muchachos intrépidos. En los calurosos domingos de verano nos llevaban de “ merienda “  a este lugar. La ensaladilla rusa los filetes empanados y una buena tortilla de patatas eran los deliciosos manjares que devorábamos entre los juegos y las carreras, nos juntábamos varias familias del barrio, vecinas, con sus proles  que éramos todos conocidos y más o menos amigos, disfrutábamos mucho mientras intercambiábamos las meriendas y nos gustaban más las de los otros amigos.

 

Recuerdo la fiesta de San Antonio del año cincuenta y dos, vestido de “ comunión “ llegué a la iglesia del santo para acompañarle. La procesión en aquellos días, después de un buen camino entraba en la estación del ” tren “; y entonces el gran momento, me temblaba la mano que sostenía la cinta del estandarte cuando todas las locomotoras empezaron a “ pitar “durante unos minutos  para homenajear a San Antonio que era, entonces, su patrón; tanto las maquinas de “ carbón “, las que iban por la vía de Salamanca, como las “ eléctricas “ para ir a Valladolid y Madrid sonaban a tope en la alegre y calurosa tarde, tenía un gran deseo, soltarme del estandarte, correr y subir a la máquina para ayudar al maquinista  en la misión de hacer sonar más y más fuerte.  Después de la esperada parada volvíamos a la iglesia, despacio y contentos por que San Antonio había bendecido a todos los trenes y ninguno de los que allí se encontraban descarrilaría.

 

Cansados de la procesión  y ya casi anocheciendo, llegó la esperada “ merienda “. Ensaladilla y un buen trozo de tortilla de patatas con pan en abundancia y sandia de postre. Fuimos los amigos a la fuente y nos empapamos de agua... El traje blanco de la comunión quedó irreconocible y la bronca que me echaron fue de órdago, pero no importó, había pasado una tarde genial y que nunca olvidaría. También mis amigos se mojaron sus trajes blancos y algunas de las amigas más atrevidas. Una foto muy arrugada es testigo de las citadas hazañas, da fe de la gran mojada.

 

La fuente ahora seca fue, según mi madre  la causa de que tuviera el Sarampión, la fuente no, el agua pudo ser algo culpable... Me broto aquella noche y en los días que pase en la cama escuche en la radio una canción “ El cha... cha...  cha... del tren “ no recuerdo a sus interpretes de entonces. En nuestros días “ Consocio “ lo canta y siempre que llegan sus notas a mis oídos renacen las ilusiones vividas en la fuente y en el precioso jardín de San Antonio.

 

 

 

 

Mi primera comunión

En las Navidades del año cincuenta se decidió que el año nuevo sería importante para mí, mis padres y mis abuelos acordaron que tomaría la comunión, era pequeño pues tendría siete años recién cumplidos; en el año cincuenta y uno caían las fiestas muy tempranas, la “ Ascensión “ fiesta que se celebraba por todo lo alto tenia fecha para el día tres de mayo, mi cumpleaños, y el día del “ Corpus “ sería el veinticuatro de mayo, ese seria el gran día... El día de mi primera comunión. A mí me ilusionaba la propuesta de la familia, la tomaríamos juntos muchos compañeros y amigos del colegio y lo haríamos en la iglesia de Monsen  Rubi; éramos pequeñajos e íbamos al colegio de la “ Capilla “ con las monjas Dominicas. Mi vecino Antonio, un año mayor que yo, era inseparable en aquellos días y la tomaríamos juntos el mismo día.

 

Después de pasar los “ Reyes “ al volver al colegio, mi primera tarea fue hablar con “ Sor Tomasina “ nuestra profesora, le expuse las razones por las que quería hacer la comunión, las comprendió y me aceptó en el grupo de los elegidos, mis compañeros de curso tenían un año más que yo y estaba en su curso desde que comenzamos a ir a “ la capilla “, pensé... seré muy inteligente, nunca nadie me aclaró las razones. La buena de Sor Tomasina, me quería mucho,  puso especial interés en prepararme pues los otros empezaron su preparación en octubre, no tuve dificultad en ponerme al día en poco tiempo y seguir con todos la llegada del día señalado. Éramos seis los mosqueteros  para aquel año Luis Miguel, Antonio, Juan José, Luis, Jesús y yo... A la mayoría les he perdido el rastro, no viven en Ávila.

 

La víspera del Corpus, nos confesó por segunda vez don José Muñoz Luengo, entonces capellán del convento, en casa veía la preparación de los dulces y comida para el ágape de la fiesta, como estaba nervioso mi madre me mando a casa de mi abuela, allí cogí una rabieta pues no quería enseñarme el regalo que me tenía preparado. Entre otras cosas me dijo que era un desobediente y mi comportamiento no era digno  de alguien que estaba confesado... Esta insinuación me hirió mucho y desde entonces mi abuela fue distinta para mí; lloré a escondidas y pasé la peor noche de mi vida. A llegar a la iglesia y antes de ensayar a la espera de los invitados, busqué al capellán y le conté mi tragedia... Se rió, me abrazó y me susurró al oído...” estate tranquilo comulga con todas las ganas de tu alma, ¡ojala fueran así los peores pecados!... “ no le entendí entonces pero me quede nuevo y con ganas de comerme el mundo.

 

Después de la misa que fue a las nueve para no pasar hambre en el ayuno obligatorio de entonces para comulgar, Sor Tomasina se retrató con nosotros en el jardín del convento, después un buen desayuno en casa con chocolate, picatostes, churros,  muchos dulces y pasteles; no duró mucho por que a las doce teníamos que ir a la ” procesión del  Señor ” por las calles de Ávila y pisar los primeros el oloroso tomillo con las flores moradas puesto a nuestro paso.

 

La comida fue familiar y abundante, ya en los postres mi padre pidió silencio, encendió la radio grande que estaba en el comedor y empezamos a oír los discos dedicados, sé oyó a la locutora decir para mi hijo... en el día de su primera comunión... La canción que sonó era ” La primera comunión “ cantada por Juanito Valderrama. Mi padre estaba emocionado oyendo la canción e imponiendo silencio a todos hasta que terminó,  cuando la escucho recuerdo emocionado en ese día el cariño y la ternura de mi padre orgulloso de su hijo.

 

 

Tres de Mayo

    Me contaron que tardé tres días en conseguir

ver la luz de este miserable mundo…

 

Quería llegar el tres, día de la cruz,

día de augurio de un sufrimiento continuo,

de una amargura eterna.

 

Era deseado…

Después el deseo se convirtió en ansia,

en empeño,

en continua desolación.

 

Joven quise ser el mejor amante

y solo fui el mejor amigo,

quien soportaba sus sentimientos,

los respetaba perpetuamente,

ansiando un poco de su atención…

 

Sabia que me quería

y no podía decírmelo,

por los malditos demás.

 

Busque algo…

Que me diese la paz inalcanzada,

 logre ser  un padre,

queriendo con locura a mis hijos…

 

Solo eso…

El amor, la dedicación,

siguió en mí.

 

Trabajando sin ilusión,

por necesidades impuestas,

al caminar de una vida,

llena de soledad…

 

Seguia viviendo, soñando,

teniendo ilusiones

y metas falsas…

 

Pasaron los años sin poder ser yo,

sin tener tiempo,

ni ganas de expresar mis sentimientos…

 

Busqué otra vida

y la encontré en la tarima de un teatro,

viviendo otras vidas,

siempre eran mejores que la mía,

con mis personajes encontré,

los momentos deseados en mi vida real…

Con ellos,

con mis actores fui dichoso…

 

Han pasado sesenta y cinco años…

 

Apareció el momento de cambiar de vida,

gozándome por ser,

otro de los que hacemos lo deseado…

 

Volver a ser joven,

 revivir lo  no logrado en mi juventud,

 tener el valor de ser valiente,

 llegar a lograr,

mis empeños negados

durante tantos años…

 

Ahora…

Con los  pocos años que me quedan…

 

Anhelando…

Que es amar con dolor,

aceptando, deseando…

 

Seré fuerte …

Seré atrevido …

Seré por fin dichoso ….