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RECUERDOS

Las escapadas por el campo

     En los  años inolvidables de nuestra adolecía eran siempre los mismos escenarios en cada verano, al llegar los días de calor la pandilla que formábamos Nines, Antonio, Jose, Marcial y algunos más; teníamos muy claro las actividades que realizábamos durante el verano. En la mañana, los que tenían la obligación de estudiar iban a las clases particulares e intentaban aprovechar lo que durante el curso no pudieron. Los otros, casi siempre Antonio y yo que nunca suspendíamos en junio y algún otro; sin madrugar y después de un sabroso desayuno de cola cao y rebanadas fritas, sobre las once nos encaminábamos al paseo del rastro, ya en el rastro chico sacábamos de la biblioteca, ahora la caseta que está al final del paseo, algún libro de aventuras o una selección de tebeos encuadernados y en los duros bancos de madera, a la sombra de los copiosos árboles nos pasábamos la mañana leyendo y disfrutando de las aventuras que nos ofrecían los libros. Si no acabábamos el libro en la mañana nos fijábamos en el libro para sacarlo al día siguiente y poder continuar la lectura; siempre nos hacíamos amigos de los encargados de entregar libros y nos los guardaban para nosotros si antes de llegar al jardín alguien se los pedían.
      En la tarde la pandilla era más numerosa, estábamos todos y alguna tarde llegamos a ser hasta ocho o diez amigos del barrio; era el tiempo de “la escapada“ y los lugares preferidos para hacerlo eran o bien el monte y las grandes piedras que había pasado el puente andando un buen rato, donde hoy se conoce por el cerro de San Mateo y en la zona posterior, las grandes piedras hacían cuevas con entradas más o menos difíciles entre matorrales y pocas sombras. En este lugar nuestro juego preferido era formar dos grupos mandados cada día por uno diferente que iban eligiendo a sus componentes del equipo; después se sorteaban las dos cuevas más grades que seria el lugar de cada equipo y se daba un tiempo de media hora para que cada uno se guardase en el equipo que le tocó guardarse mientras los otros buscarían a los escondidos durante una hora. Cuando era sorprendido alguno se le llevaba  a la cueva de los buscadores y al final se les “torturaba  amigablemente, se le pedía un tributo a su equipo para luego gastarlo entre todos, o bien si le fatigábamos al mayor castigo se le hacían cosquillas en la planta de los pies duraran  algunos minutos sin permitir que se defendiese. Cada día y por sorteo un equipo se guardaba y el otro buscaba y torturaba a los encontrados; si mientras era el tiempo de tortura aparecía algún compañero suyo se cambiaban las tornas y el torturado era el torturador.
       El otro lugar para la salida de las tardes calurosas era ir a bañarnos al soto, tardábamos desde el barrio media hora en llegar al principio del parque, entonces parecía un bosque. Buscábamos un lugar aislado y solitario entre los mimbrales a la vera del río; allí nos desnudábamos y los que teníamos bañador nos lo poníamos, si alguno no lo llevaba tenia dos alternativas o bañarse en “ cayumbos “ o en pelota viva los menos quisquillosos lo hacían así y los otros volvían a casa llevando sus cayumbos en la mano. No había peligro de ahogarnos pues en la zona del baño el rió cubría, como mucho, medio metro. En el agua jugábamos, nos chapuceábamos y disfrutábamos como enanos; después de secarnos al sol tumbados en la arena o en el prado esperábamos hasta el anochecer para emprender la vuelta sin soportar el calor del verano.

       He vuelto a pasar por el cerro de San Mateo y muchas veces por el soto en los veranos cuando el Adaja apenas trae agua y siempre siento nostalgia de aquellos años tan tontos y a la vez tan felices de mis primeros descubrimientos de la vida y sus pasos a través de los años. Pasó la adolescencia y en mi juventud volví al soto a bañarme y a escuchar música y bailar con las amigas, la pandilla se componía de hombres y mujeres aprendiendo a bailar los ritmos de moda teniendo como cómplice un tocadiscos de pilas y los discos de vinilo

      Al llegar una noche, en aquellos días, mientras sonaba en la radio la canción de Antonio Molina “ María de los Remedios “; mi padre me miró con cara muy sería y me pidió que no volviese a llevar al río a nadie si no le dejaban en su casa, uno de la pandilla había confesado nuestras andanzas.

 

Mi Padre

      ¿ Cómo era mi padre?.... Ahora que no lo tengo estoy completamente seguro que fue el mejor padre  que jamás hubiese soñado, era serio, distante, ordenado, un padre de los años cincuenta y sesenta del pasado siglo veinte. Solo pensaba en su trabajo, en ser el protector económico de la familia, entonces yo no le quería así, deseaba que fuera mi amigo y más parecía mi jefe; a pesar de todo siempre lo quise con locura y nunca correspondí a los sueños que él quería  para mi.

 

Que bien le comprendo ahora a mis años que son casi sesenta, nunca odió a nadie y si era reservado, la culpa la tuvo una guerra injusta entre hermanos...... “ La guerra “  cuando era pequeño nos contaba sus vivencias en aquellos tres años, a mis hermanos y a mi. Su campaña en La Coruña, en Bilbao, en Navarra y Jaca, cuando le hirieron, en la frente con una bala de los otros, no se dio cuenta hasta que un compañero al verle la sangre se lo dijo. Su convalecencia fue en el hospital de Badajoz. Tenia a orgullo no pasar de soldado, estaba deseando que acabara la horrible contienda; cuando llegaba en su narración a este punto bajaba la voz parecía que tenía miedo a que algún adicto al régimen le oyese, todos los hombres justos de España tenían miedo en la posguerra, sobre todo si habían vivido los dolores pasados.

 

     Solo el gran amor de mi madre, que ya era su novia y pensaban casarse antes de la guerra, le mantuvo optimista durante los miserables tres años. Al morir mi madre que lo hizo ocho años después que él. Llegaron a mis manos dos cartas de amor que le envió durante la guerra, una con las fotos de los “ buenos “ Franco, Mola, Queipo de Llano y un Sagrado Corazón; verlo junto a ellos da vergüenza, estaba en Gernica. Comenzaba con la clara caligrafía que tenía, saludando a su novia”..... Inolvidable novia me alegrare que al recibir....” y su despedida “........ y se despide de ti tu novio que te quiere y no te olvida...... “.

 

       La otra carta era pura ternura. La misiva de amor más maravillosa que yo he leído; su diseño muy cursi pero en aquellos días único; tenía un ramillete de flores en un corazón  con la palabra amor, todo ello en purpurina  con relieve al tacto y en color; debajo en letras grandes y mayúsculas  “ A MI NOVIA “, en el renglón siguiente con letras minúsculas más pequeñas “ En Prueba de Amor “ y cuatro estrofas de cuatro versos que algún poeta bobalicón de ellos, escribió para las novias de los soldados, la estrofa que más me ha impactado siempre decía:

 

Aguardo el dichoso día

que a tu lado vuelva estar

y pueda mis amorosos

juramentos, renovar

 

      Comenzaba así: Huesca, Jaca, 1 de enero de 1.938....... Inolvidable novia, me alegraré que al recibir esta estés bien..... y con palabras de amor que no cito pues son ese lazo que me une a  mi padre, terminaba con estas palabras.... recibe un abrazo de tu novio que te quiere. P.D.: pon estas señas haber si llegan antes tus cartas R.M.N., Batallón cazadores Las Navas nº2, batallón B 2ª Compañía, 6ª estafeta de Campaña, Alto de Aragón Jaca ( Huesca ).

 

      Creo que no superó en su vida estos tres años de desesperanza, sin embargo aunque siempre le quise, ahora le adoro recordando lo que decía mi madre “ tu padre canta muy bien, sobre todo por Farina “. Mis manos tiemblan de emoción cuando suena “ Vino Amargo “ de Rafael Farina, y maldigo el poco tiempo que dedique a quererlo cuando vivía....  Esas dos cartas son mi mayor tesoro

Nueve Puertas y Cuatro Postigos

Mi amigo... Ya estamos aquí junto a mi muralla, mírala... Es bella, majestuosa, triunfal; es nuestra fortaleza medieval, es la muralla de Ávila sin más. Emerge alta y clásica y saluda a todos los que alcanzan la ciudad. Admírala... Fíjate en sus almenas, sus torres – ochenta y ocho -, y sus puertas – nueve – y cuatro postigos que existieron en su esplendor... Acércate siente la confianza del ayer en el hoy.

 

Vamos a caminar por la ciudad gris, visitándola desde sus nueve puertas, daremos una vuelta larga y romperemos a través de sus puertas la urbe señorial y añeja. Descendiendo por la vieja ronda empedrada – suplicio de los ciclistas al llegar y éxtasis del aficionado viéndoles sufrir – La primera puerta a nuestra vista es la de “ Mariscal “, nombre heredado del antiguo portillo que en tiempos de Juan II vivía cerca el mariscal de Castilla D. Álvaro Dávila, el arco es ojival de tradición oriental. Ya dentro está de frente la iglesia de Monsen Rubi y desde la puerta ojeamos las menudas ermitas románicas, parroquias de los barios gremiales extramuros que con su trabajo daban vida y riqueza a la villa en el siglo dieciséis, y el monte alfombrado verde, arduo y silencioso en la tarde primaveral. La siguiente puerta, colega... Es la del “ Carmen “, su sillería árabe de cubos cuadrados quiebra la línea de la muralla; a mi edad de doncel la conocíamos como de la “ Cárcel “  el antiguo convento era la prisión provincial, ahora es el museo histórico...

 

Ya estamos chaval... En el poniente y esta es su puerta, del “ Puente “ o “ San Segundo “ por ser guardián de su ermita; estrecha abre la gran rampa que aborda el dominio de su misión. Y seguimos caminando, bordeando, al soleado sur cuesta arriba, acosa cabalgando, brotando de las piedras en la escalera alta; oteamos la explanada, el atrio que  los siglos hicieron vasto el camino de llegar a la hermosa ermita que le miraba. San Isidro en ella protegía el transito; y después San Isidro con sus piedras se fue a las tierras que por patria le legaban. Y te quedaste huérfano, triste y pequeño... Ve es la primera puerta del sur “ Mala Ventura “ la llamaron por haber partido de ella los caballeros de Ávila que fueron inmolados en las hervencias por el rey Alfonso de Aragón y más tarde también partieron al exilio los judíos, era la puerta de su barrio, los telares. La gente de ahora la conoce por la de los “ Gitanos “ y yo la llamo con la mayor dilección “ La puerta del cielo “ pues siempre que paseo, me paro frente al pequeño arco, mi mirada lo cruza y se encuentra con el cielo. En mis ocho años mi madre decía que siempre que mirara el cielo a través del arco lo tenía más cerca.

 

Cuesta arriba, hemos llegado a la puerta de Santa Teresa, de la “ Santa “ con matacán y torres cuadradas y dentro la plaza, la casa y el gran árbol, magno, desmedido, soberano y añejo es el estandarte de la plaza; abriga a su amparo el paso de la gente y cobija a todos los que pasan.  Le contempla y te asiente  con dulzura Teresa; la gloriosa mujer que a su cara brotó, y desde su hogar ceniciento y recio de Ávila guarda, como tú, a los que arriban por doquier del mundo a visitarla. Caminado por dentro a la vera de la muralla y cruzando los palacios llegamos, tío... A la puerta del “ Rastro “ o de la “ Estrella “ o el “ Grajal “; mirándola desde el jardín disfrutamos de sus cubos cuadrados apoyándose un arco capanel que hace de balcón cubierto, con columnas y capiteles en forma de zapatas. Desde aquí y hasta el cubo del baluarte, en el alcázar, existieron cuatro postigos pertenecientes a las casas del Marqués de las Navas, de Don Enrique Dávila y dos al Alcázar.

 

Recorriendo el “ rastro largo “ llano y nuevo alcanzamos el lienzo este de la muralla, es la zona más llana y para mejor defenderla sus puertas son majestuosas. El arco del “ Alcázar “, que impone su esplendor al fin del recinto a su vera el gran alcázar para defender la ciudad y ojeándote el románico de San Pedro, su rosellón te guía dominante y claro... Avanzamos él y yo, leales, hacia el cimborrio, la gran torre de defensa en la catedral y aparece la puerta de los “ Leales “ o del “ Peso de la Harina “, la puerta cuadrada y más alta de todas; la hicieron en el siglo XVI donde estaba el postigo de los Deanes y pasando la casa de San Martín llegamos a la última puerta la de “ San Vicente “,majestuoso, umbral de los antiguos caballeros y soldados que llegaban o partían a guerrear. Comparte hidalguía con la del alcázar; entrada también de los enamorados de siempre y boca a la gran basílica románica, porticada, vasta y celestial.

 

Se acabó nuestro paseo, te veo sonriente, amable y feliz. Quizás tu también ya estás enamorado de mi entrañable ciudad gris y de mis veneradas murallas... Mi amigo cuando vuelvas, por qué volverás, seguiremos caminando y te enseñaré muchas y muchas maravillas de esta única ciudad...

 

Don Marcelino y don Aureliano

      Después de terminar el curso de primero de bachiller, al llegar octubre y comenzar el nuevo curso también estrenábamos nuevo colegio, para ser más exactos nos instalábamos en el viejo edificio del seminario esperando que sus patios surgiese el nuevo colegio Diocesano, empezábamos el segundo curso del bachiller y se presentaba el nuevo curso con muchas novedades, sobre todo en lo referente al profesorado. Varios sacerdotes nuevos se incorporaban al claustro y sobre todo la gran novedad sería la llegada al profesorado de profesores seglares, cosa normal ahora pero entonces era la gran novedad. En mis recuerdos de aquel año fueron don Aureliano y don Marcelino, profesores de ciencias. Vivian internos en el colegio, en habitaciones semejantes a los sacerdotes profesores y superiores del colegio.
      Don Aureliano era alto, fuerte y con apariencia agradable y cercana. Era el profesor de Física y Química y estuvo con nosotros hasta finalizar el cuarto curso y la revalida. Introdujo en la habitual forma de enseñar, una gran novedad, además e seguir el libro de texto; al llegar en química la “ Formulación “ nos dio apuntes sobre la forma de aprender a formular los productos químicos. Fue alucinante la gran novedad y sobre todo importante para aprender y para que nunca se olvidasen, al menos eso me ocurrió. Durante todo el curso y durante  segundo, tercero y cuarto de bachiller un día de la semana, el jueves, se dedicaba a la formulación. Después de aprendernos los símbolos químicos diferenciando los metales y los no metales, nos enseñó los compuestos binarios: hidruros, óxidos, ácidos hidrácidos, anhídridos, hidróxidos; para entender los compuestos ternarios y cuaternarios hizo unos cuadros que tenían la potestad de llegar desde los anhídridos pasando por los ácidos oxácidos alas sales de dichos ácidos, al cambiar la valencia para memorizarlo decía “ Cuando el oso toca el pito el mico hace el pato “ así comprendimos que oso pasaba a ito y ico a ato. En cuarto curso empezó a enseñarnos la nomenclatura de los compuestos orgánicos siguiendo esta misma metodología.
         Don Marcelino era más bajo y más delgado que don Aureliano nos daría las clases de matemáticas desde segundo hasta cuarto curso, su forma de explicar las matemáticas era diferente y sobre todo muy efectiva; introdujo en sus explicaciones el concepto de resumir todos los temas en apuntes claros y muy didácticos para realizar un mejor aprendizaje. Los polinomios, las ecuaciones de primer grado, de segundo y las bicuadradas fueron los temas más  interesantes y agradables que aprendí desde su tutela. En geometría nos dibujaba muy bien las figuras geométricas y nos demostraba las formulas de las áreas y volumen para después aplicarlas al resolver los problemas que nos planteaba. Muchas noches sobre todo en la preparación de la revalida al finalizar cuarto curso, me quedaba en la mesa camilla del comedor de la casa , solo pues toda la familia se había acostado, hacia problemas de matemáticas con muchas ganas y el tiempo pasaba sin darme cuenta, estas noches fueron el preámbulo de las noches universitarias pasadas en blanco empollando los temas del examen próximo. Una de estas noches antes de que mi madre apagase la radio cuando seiba a la cama, escuché una canción de Lola Flores fue “Pena, penita, pena..” y siempre que la escucho recuerdo a mi primer gran profesor de matemáticas.
    Siempre admiraré a estos grandes profesores de mi adolescencia, ellos inculcaron en mi la afición por química y las matemáticas que marcarían muchos años de mi vida. Ya en estos días y fuera del trabajo profesional estoy cultivando las letras que en aquella época olvide por culpa de dos grandes profesores, de lo que no me arrepiento. ahora estoy también muy contento de poder cultivar las letras y aprender a ser más persona y ser dador de experiencias vividas en otros años ya pasados y que fueron muy importantes.

Aquellas Semanas Santas

Que maravillosos recuerdos llegan a mi cada año con la llegada de la Semana Santa, en aquellos días empezábamos a  vivir nuestra juventud, con trece y catorce años la “ semana santa “ eran unos días diferentes para todos los amigos de la “ pandilla “.  Además de presenciar  las procesiones que salían en Ávila, corriendo de unas calles a otras para verlas más de una vez y comentar cual era la  más larga, la más bonita, la de más silencio y recogimiento, la que tenia mayor número de capuchones y más... El año que vimos por primera vez procesionar al “ Cristo de las Batallas “ metido en su pequeña urna la imagen nos defraudo, era aun un niño, sin embargo la cara me impresionó y aún me conmueve cuando sale a las dos de la madrugada de Monsen  Rubi. Sus capuchones negros causaron en nosotros ansias de penitencia y perdón. 

También por aquellas fechas en nuestras casas preparaban manjares diferentes, con la sabia mano de las madres y las recetas de nuestras abuelas, comíamos las riquísimas “ torrijas “ que sabían a cielo, mejor que las de ahora y bebíamos limonada también de preparación casera, no muy fuerte, pues como decía mi madre... que así no se nos subía a la cabeza. Desde el domingo de “ Ramos “ con la procesión de las palmas, el miércoles la del silencio, el jueves la de los pasos, el viernes la del Santo entierro con el “ Ángel Custodio “, personaje que todas las madres deseaban para sus hijos y hasta el domingo del “ Resucitado “ comiendo el hornazo al lado de la ermita, no parábamos de disfrutar de los agradables manjares que en nuestras casas se esmeraban en darnos. 

Otro acontecimiento importante en los días grandes de la semana, el jueves, viernes y sábado por la noche, eran los “ oficios “... Las nuevas celebraciones litúrgicas de la pasión, muerte y resurrección de Jesús. A nuestros años era normal y agradable asistir a ellos en nuestras respectivas parroquias. Cerrado el colegio por las vacaciones íbamos a la parroquia a participar, de buena gana, en estas celebraciones. De la” pandilla “, los que éramos vecinos del mismo barrio y pertenecíamos a la parroquia de San Juan nos embarcamos en una aventura que nos propuso nuestro buen párroco don Antonio Curiel, teníamos que ayudarle a los” oficios “.

Antonio, Marcial y yo aceptamos, durante tres años estuvimos prestos a servir las exigencias de don Antonio; leer las largas lecturas y acompañarle en sus menesteres. Nos propuso que por causa de ser “ grandones “ tendríamos que lograr sotanas de algunos seminaristas. Esta propuesta nos hizo mucha ilusión y comenzó la búsqueda. Antonio tenia uno primo lejano en el seminario, las familias se llevaban muy bien y con su primo  de mediador las conseguimos, en los años siguientes seguimos contando con ellas.  En la semana anterior y el lunes, martes y miércoles nos citaba don Antonio para ensayar las lecturas y los cánticos... A mi se me daban mejor las lecturas que cantar, pues tengo un oído duro y aunque me ” chifla “ la música siempre que lo he intentado no logré obtener buenos resultados y opte por no cantar.  El jueves por la mañana preparábamos mejor dicho ayudábamos a realizar el “ monumento “ siempre quedaba genial, siempre era, el nuestro el mejor de la ciudad, al menos para nosotros. Al llegar las seis de la tarde del jueves alcanzábamos nuestro gran momento, estábamos nerviosos, revestidos con la sotana y el roquete, pero después siempre nos salía todo muy bien supongo que alguien... Nos guiaba. Ya el viernes y el sábado al acercarse la hora estábamos más tranquilos y preparados para encender, en la calle la lumbre, que aquellos primeros años de esta liturgia era la gran novedad. 

En aquellos días, en la iglesia que por lo indicado frecuenté mucho ponían música “ Gregoriana “. Y desde entonces esta música al escucharla me siento en el paraíso y es el reclamo  de mis recuerdos a estas obras de las “ Semanas Santas” que nunca olvidaré y quisiera que otros muchachos sigan haciendo lo mismo. Volví a vivir, soñar y sentir estos recuerdos cuando uno de mis hijos también ayudó varias veces a los “ oficios “, sin la sotana negra pero con el alba blanco... Treinta y cinco años después... 

La puerta del cielo

 
La Puerta del Cielo

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   Siempre que paseo por el atrio de San Isidro, me paro frente al  pequeño arco, mi mirada lo cruza y se encuentra con el cielo. Desde que tenía ocho años y mi madre me dijo que siempre que mirara el cielo a través del arco, estaba más cerca. 

Entonces esta zona de nuestro barrio,  era nuestro campo de batalla en nuestras andanzas de los niños que vivíamos en su proximidad; al salir del colegio nos juntábamos todos los amigos, no importaba, nuestro estatuto social, a nadie. La pandilla la formábamos, Antonio, Marcial, Jose, Juanito, Melquíades, Santiago y yo. Al cruzar “ el arco de los gitanos “ divisábamos el majestuoso paisaje del valle, íbamos a las piedras que sostienen la muralla; pateándolas, subiéndolas y bajándolas, éramos caballeros medievales, bandoleros de las sierras andaluzas o sencillamente muchachos que soñábamos con los héroes de nuestros “ tebeos “ y de las películas que los sábados veíamos en la sesión infantil. 

Llegando la Navidad, por la parte interior y pegados al lienzo de nuestra muralla, por que esa zona era nuestra y no permitíamos que nadie se acercase a ella, cogíamos el “ musgo “ para nuestros nacimientos que cada uno de la pandilla poníamos en casa con sana competencia, para cada cual el suyo era el mejor; a veces nos atrevíamos a poner efectos especiales como la lumbre de los pastores quemando algodón en alcohol, si ocurría algún pequeño accidente no importaba que nuestras figuras estuviesen chamuscadas, aunque fuesen nuevas de aquel año; poníamos una bandejilla para que la familia que nos visitase ayudase con sus perras para que comprásemos nuevas figuras; nadie nos ayudaba a poner el “ nacimiento “, solo nos daban un poco de espacio en la casa y unos tableros con soportes, lo demás siempre fue nuestro trabajo, con nuestros ahorros y si alguno no los tenía le ayudábamos  los demás, sencillamente por ser amigos. 

Una primavera se hicieron realidad nuestros sueños, iban a rodar una película de caballeros, de los buenos, de los caballeros del rey Arturo. Montados a caballo por las piedras llegarían los buenos con su caballero para asediar y pedir la rendición de los habitantes del castillo, que eran los que estaban dentro, subidos a la muralla; lanzaban flechas a los caballeros montados a caballo que les hacían frente. Las flechas tenían una punta negra y de goma para no hacer daño si daban a algún caballero bueno. El título de la película fue  “ El Caballero Negro “,montaba un caballo blanco y tenía una coraza negra, amigo y defensor del rey Arturo. 

Nos duró bastante la fiebre de la película y en mi huerta que estaba detrás del arco jugamos muchas veces a los caballeros del rey Arturo; los tenados y las almacenes fueron los aposentos del rey Arturo y de sus caballeros de la mesa redonda. Siempre me tocaba el papel del rey Arturo, quizás por que ponía los lugares de nuestros inolvidables juegos. El gran tesoro eran tres flechas que cogimos del rodaje de la película.  

En mis paseos por la ciudad gris atravieso en innumerables ocasiones la puerta, bajo y de frente miro, veo el cielo traspasando el minúsculo arco, y yo si pido un deseo que unas veces se cumple y otras no, pero que por pedir falte. Y también recuerdo una canción que tarareábamos en los días de nuestras aventuras con los “ caballeros de la mesa redonda “. La canción era “ Torre de Arena “ de Mari Fe de Triana. Nos hablo tanto Antonio de ella, que la pandilla terminó aprendiéndose la canción, y quién no lo hacia por que un tío de nuestro amigo, la vio cantar en  Radio Intercontinental de Madrid y su tío era policía secreta.